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Nada más confortable que calentarnos al amor de una buena chimenea durante los días más fríos del año. Los afortunados propietarios de estas instalaciones, sin embargo, se quejan a menudo de los molesto y difícil que resulta eliminar los restos de hollín que se van quedando en las chimeneas, sobre todo en las que están hechas a base de ladrillos.

 Y es que, una superficie de ladrillo no es precisamente fácil de limpiar, precisamente por ser rugosa. La suciedad se incrusta entre las juntas y resulta complicado llegar a esos rincones para limpiarla. El hollín, además, es una suciedad especialmente persistente ya que se queda pegada.

Para limpiar nuestros ladrillos de chimenea existen en el mercado productos específicos. Se trata de una pasta cremosa que se extiende sobre la superficie a tratar. Podemos sustituirla por una mezcla hecha en casa a base de jabón en polvo de lavavajillas y sal, a partes iguales. Añadimos agua pero con la precaución de darle una textura densa, como una pasta, para facilitar que se pueda extender y dejar actuar unos minutos.

Después, frotaremos con un cepillo de cerdas de alambre. Dejamos que seque al menos durante una hora y volvemos a pasar el cepillo. Esta vez, con movimientos de arriba abajo, para ir dejando caer los restos al suelo. Es el momento de pasar al aclarado, mediante agua limpia. Tanta cantidad como sea preciso. El secado se puede hacer con un trapo, mejor si le tejido no suelta pelusas.

En los casos más deteriorados, a lo mejor hay que plantearse pintar la chimenea como solución definitiva.

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